
Reflexiones por Carlos Vozzi
Médico cardiólogo clínico e intervencionista
Una antigua historia del imperio chino nos narra que el emperador al contratar a los médicos de la corte les solicitaba que fijaran sus honorarios libremente como pago por su trabajo, sin límite alguno respecto a sus deseos.
A su vez, los médicos aceptaban la única condición que el emperador imponía a su remuneración. La misma decía que el pago cesaría automáticamente cada vez que se enfermara el emperador, su familia o algún miembro de la corte imperial y que el mismo se restituía una vez que el o los afectados volvieran a estar saludables y sano.
Más allá del modelo de vínculo contractual entre unos y otros, los médicos que brindan su servicio profesional y aquellos que lo requieren, la historia nos vuelve a enseñar el valor que se le ha dado, desde lejanos tiempos, al cuidado y preservación de la salud. Esta actitud contrasta fuertemente con los paradigmas actuales de priorizar el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades creando de esta manera un enfoque y aproximación diferente al del cuidado de la vida y la salud de los seres humanos.
Conscientes de nuestra existencia finita, mujeres y hombres de nuestro mundo han volcado continuos esfuerzos para desarrollar conocimientos y tecnología que, aplicados en el campo médico, han permitido prolongar la vida, curar, mejorar y erradicar enfermedades y afecciones tanto de diferentes órganos como de sistemas de nuestro cuerpo. Si bien ello ha sido, es y será siempre altamente beneficioso, no debe impedir que nos detengamos a analizar cómo impacta en nuestro vivir diario el mal uso y el abuso de la tecnología disponible, como tampoco debe impedir que nos preguntemos si la prolongación de nuestra vida no debería acompañarse de una mejor calidad de la misma que se supere año tras año y no se sustente solamente en medicamentos, estudios, tecnologías e intervenciones de diferente, variada y múltiple naturaleza.
¿Es acaso posible vivir más, mejor y con el menor número de intervenciones sobre nuestro cuerpo? ¿Es posible seguir preservando año tras año nuestras mejores condiciones de salud en vez de tratar cada vez más y mejor las enfermedades?
Creo que muchos de los problemas comienzan justo desde donde nace el enfoque del tema que nos ocupa. Cuidar la salud implica construir una actitud mental que incluye conocer las enfermedades pero que a su vez prioriza el cuidado activo de la salud. De esta forma se activa vitalmente la persona en una posición diferente a la pasividad propia del enfermo padeciente-paciente.
Es sabido y es obvio (aunque no se piensa de esta forma en la práctica diaria) que la mejor manera de tratar cualquier enfermedad (desde la poliomielitis a un infarto del corazón) es no tenerla. Como alternativa a la prevención surge el tratamiento de lo no previsto donde se ofrecen interminables listados de opciones de tratamiento para la enfermedad ya instalada.
Ello genera un número cada vez mayor de procedimientos médicos en las personas (estos procedimientos habitualmente se conocen como “estudios”) y se crea la sensación que cuanto más “estudios” se le hace o indica a un paciente-padeciente mejor es el servicio médico que se le brinda. Se suma a este tipo de aproximación, que en la mayoría de los casos sólo se considera para el “tratamiento”, tratar la enfermedad del cuerpo y de esa forma queda fuera del contexto terapéutico la consideración de las emociones y el impacto que éstas tienen sobre nuestro ser.
¿Qué podemos hacer para que los modelos de asistencia y cuidado médico prioricen el cuidar la salud como principal objetivo? Primero, incorporar esta noción y este objetivo como prioridad. Conocer y entender que los costos crecientes en salud no ocurren precisamente en el cuidado de ésta sino que la gran mayoría de estos costos son generados por la masiva aplicación tecnológica que requiere el tratamiento de las enfermedades.
Tratar a un ser humano enfermo es mucho más caro que cuidarlo sano. El problema es que se piensa muy poco o casi nada en invertir para preservar la salud al mismo tiempo que se analiza permanentemente cómo utilizar los recursos económicos disponibles para asumir los gastos crecientes del tratamiento de las enfermedades. Incorporados estos primeros conceptos, podemos avanzar en el segundo objetivo: trabajar activamente en la educación de todos y cada uno de aquellos que están directa o indirectamente involucrados en el cuidado.
¿Qué quiero decir cuando sugiero educar? Me refiero a proveer adecuada información y conocimientos que sirvan para entender de qué se trata la salud y la enfermedad.
Trataré de aclararlo con un ejemplo de la práctica diaria. Frecuentemente recibimos información de una intervención a una mujer o a un hombre que consistió en implantarle un “stent” porque tenía una “arteria tapada” del corazón y que se la destaparon y quedó muy bien, y en menos de 24 a 48 horas volvió a su casa y se reintegró a sus actividades.
Ahora bien, cuando uno le pregunta al afectado por qué “se le tapó” la arteria y cómo se llama la enfermedad que generó la obstrucción, muy pocos saben que la enfermedad se conoce como arteriosclerosis coronaria; que la arteriosclerosis es la principal causa de muerte de los seres humanos y que a su vez esta enfermedad no se cura sino que se mejora.
Ello implica que una vez instalada en el organismo ya pasa a ser una enfermedad crónica con la posibilidad que en el futuro ataque o avance sobre otras arterias, tanto en las arterias coronarias del corazón, como en el cerebro, donde produce graves lesiones cerebro-vasculares o en cualquier territorio del cuerpo donde tengamos arterias.
Recordemos que la mejor manera de enfrentar un problema es sabiendo a fondo de qué se trata y es muy distinto hablar de arteria tapada-arteria destapada que decir arteriosclerosis coronaria. Sólo si tenemos claro la magnitud del daño potencial que esta enfermedad produce y si tenemos claro qué es lo que nos pasó, podemos comenzar a trabajar para que no vuelva a repetirse (prevención secundaria) y en aquellos que no padecen esta enfermedad que no la tengan o retarden su aparición en el tiempo (prevención primaria).
Darse el médico el tiempo para abordar con el paciente esta situación a través de una cuidadosa explicación de lo que ocurrió es también darle el tiempo que el paciente requiere para este proceso educativo donde se puede ayudar al cuidado presente y futuro de la salud y su preservación, sin requerir mayor tecnología en estas acciones de educación. Las actuales circunstancias de la vida en nuestra Argentina y en nuestro planeta han llevado a buscar nuevas respuestas a situaciones sociales y económicas de diferente índole. El costo creciente e ilimitado del tratamiento de las enfermedades es un problema que ocupa a especialistas de diferentes disciplinas.
La visión predominante se ha enfocado en crear sistemas que limiten, supervisen, controlen, auditen y restrinjan los gastos en el tratamiento de las mismas. Así han surgido diferentes modelos y propuestas pero, a pesar de todas ellas, los gastos siguen creciendo.
¿No deberíamos pensar otras propuestas de solución y enfocar las mismas desde otro punto de partida? Creo que a partir de la salud, del cuidado de la misma podemos seguir cuidando la vida y dedicarnos a tratar las enfermedades con el objetivo de restituir la salud. Pienso que es a partir de este enfoque alternativo de donde surgen nuevas respuestas a la pregunta que inicia este escrito.
Para empezar, sólo basta mirar desde otro lado, aceptar nuestra necesidad de educarnos, atendernos y entendernos disponiendo del tiempo requerido.
