Relato de una “decisión”
Tomar determinaciones es un ejercicio de libertad, en el que siempre se corre el riesgo del error. A lo largo de todo este año, habrá muchas decisiones para tomar. Esto significa siempre un ejercicio de nuestra libertad y por lo tanto implica irremediablemente, una cuota indelegable de responsabilidad sobre las consecuencias y los beneficios, que tenga cada una de esas decisiones tomadas.
Aunque resulte difícil de creer, todos los seres humanos decidimos siempre hacia lo que creemos, acertada o equivocadamente, que es lo mejor.
Nadie es tan estúpido para decir sinceramente “yo se que lo mejor es esto, pero voy a hacer aquello”.
De una u otra manera y por las razones que a usted se le ocurran, cada uno toma en cada caso, repito, la que cree que es su mejor decisión.
Obviamente la mejor decisión, no siempre es la más acertada a la luz de los hechos, que sólo se pueden evaluar en su resultado (se dice en España: “Visto lo visto, cualquiera es listo”). Pero la mejor decisión no siempre es la que la mayoría haría, ni la que probadamente ha funcionado antes, ni la más fácil ni necesariamente la más difícil.
Quizás todo este desarrollo, nos ayude a entender lo incompresible de las decisiones de otros a nuestros ojos y también la crítica a veces cruel de los demás respecto de nuestras propias decisiones.
Quizás nos ayude a aceptar que aquello que hace, quien así lo ha decidido es, en su -por fuerza- limitada percepción, la mejor alternativa.
Posiblemente el único reparo, que como terapeuta he tenido siempre en cuenta para advertir a mis entonces pacientes, fue el de aprender a escuchar los consejos sin someterse a ellos, aceptar las opiniones sin obedecerlas, sentir el empuje de nuestra intuición sin volverse su esclavo. Cosechar experiencia sin condicionamientos y sumar recursos externos a nuestros propios internos, sin menoscabar nuestra libertad.
Un reciente relato de Pedro Valdez, un joven y talentoso escritor latinoamericano, nacido en República Dominicana, nos conecta con estos alertas.
Ese día en el desayuno, el mozo le acercó una bandeja que en lugar de las consabidas seis tostadas que acompañaban cada mañana a su mermelada, contenía siete. El hecho hubiera quedado en el olvido si no fuera porque el boleto del colectivo que había tomado al salir de su casa tenía el númeo 07070707. El señor Pérez creyó ver en esta coincidencia una extraña señal, sobre todo al recordar en un leve ejercicio de memoria que él mismo había nacido un día siete de julio. Como para alejar de sí estas extrañas ideas abrió el periódico al azar, casualmente en la pagina 7. Allí en el centro de la hoja se encontró con la foto de un caballo llamado “Fortunaamispatas” que con el número siete competiría en la carrera siete del día siguiente, día 7. El señor Pérez contó las letras del nombre del caballo, eran 16 y sumó 6 + 1 = 7. En un reflejo ancestral alzó la vista al cielo en señal de gratitud.
A la mañana siguiente emtró en el banco y retiró todos sus ahorros y como le parecieron magros, hipotecó la casa y consiguió un préstamo. Luego tomó un taxi, cuya placa por supuesto, terminaba en siete. Llegó al hipódromo y apostó todo el dinero al caballo número siete de la séptima carrera, coincidentemente en la ventanilla siete.
Después de la apuesta se sentó -podría jurar que fue sin darse cuenta- en la butaca siete de la fila siete. Y esperó.
Cuando arrancó la séptima carrera, la grada se puso de pie y estalló un desorden desproporcionado; pero él se mantuvo con serenidad. El caballo siete tomó la delantera desde el arranque y pasó al frente del pelotón frente a las gradas entre el repicar de los cascos, la vorágine de polvoy los gritos de la multitud.
La carrera finalizó precisamente a las siete en punto y el caballo número siete, de la carrera siete… llegó séptimo.
Sincronicidad
Le sucedió a un actor joven, pero ya no tanto. Su nombre? Anthony Hopkins. Acababa de ser contratado para filmar “La mujer de Petrovka”. Además del guión, quería era leer la novela original de George Feifer. Fue estéril buscarla en las librerías: estaba agotada. Desalentado, se acomodó en un asiento del andén del metro a esperar el tren, y en el hueco del respaldo vio un libro. Sí: un viejo ejemplar de aquella novela, lleno de anotaciones en los márgenes! Mera coincidencia? Parece imposible. Pero algo más sucedió que tiraría por tierra el concepto de “casualidad”: dos años más tarde, ya en el rodaje del film, Hopkins conoció a Feifer, el autor. En un entretiempo, Feifer se lamentó de haber perdido el último ejemplar de su novela, en donde había hecho numerosas anotaciones para cuando la película se rodara. Hopkins palideció: sí… era el de la estación del metro!
Carl Jung, junto con el Premio Nobel de Física Wolfgang Pauli, llamaron a estas coincidencias significativas SINCRONICIDAD: eventos que parecen ser la expresión en el mundo externo de algo profundo que se mueve en nuestro interior en determinados momentos, como si el adentro y el afuera desdibujaran sus fronteras, y los hechos se manifestaran asombrosamente entrelazados. La resultante puede ser una exaltación del espíritu: la intuición de que quizás el caos que nos parece constituir la realidad, tenga un orden que no llegamos a ver, salvo en estos momentos extraordinarios. David Peat lo dijo así: “Es posible que detrás de los fenómenos del mundo material haya un orden generativo y formativo llamado Inteligencia Objetiva”. Otro físico hablando como si fuera un místico!
No, no es casualidad; pero tampoco es causalidad, pues estos hechos no se causan el uno al otro, sino que están ligados por su significado, como si la Vida misma quisiera hablarnos en su propio idioma: el del Misterio. Los seres humanos y los hechos nos entrecruzamos como los hilos de un complejo tapiz. Pero nuestra percepción es limitada, y sólo vemos el reverso del bordado, sin poder comprender cabalmente su dibujo. Quizás volverse sabio sea cruzar hacia el otro lado y ver que en el Gran Tapiz aquello que nos parecían caprichos del destino son nudos necesarios para poder dar una nueva puntada… El I Ching, -un libro chino con más de 3000 años de antigüedad, fundamentado en el principio de la Sincronicidad-, fue prologado en una de sus versiones por Jung. En ella hay un poema de Jorge Luis Borges que dice así (para quienes no conozcan la palabra “ergástula”, significa “cárcel”)…
“El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa, ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergásstula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha,
pero en las grietas está Dios, que acecha.”

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