El susto de una barracuda transformó la sesión de buceo amateur de los hermanos Díaz en un paseo a pie por la orilla del cayo Piñeros, un islote de cerca de 310 acres ubicado a menos de una milla de Ceiba.
Pero los chicos jamás imaginaron que gracias a ese sobresalto que les produjo uno de los depredadores marinos más temidos, comúnmente conocido como picúa, se sumergirían en una historia que para muchos sólo se da en libros de cuentos infantiles o en películas de piratas.
Ricardo, Andrea y Sebastián, de 20, 10 y 8 años, respectivamente, se toparon con lo que a simple vista parecía una botella con etiquetas en su interior. Pero tan pronto leyeron la palabra “abrazo”, supieron que era algo más.
Andrea se atemorizó, pero la curiosidad de Sebastián, el más pequeño e intrépido de todos, lo llevó a recoger el objeto del piso. Sólo entonces concluyeron que se trataba de una botella que, en vez de vino, cargaba un mensaje.
Los tres regresaron a la lancha Sea Ray de su padre, Ricardo Díaz, donde también los esperaba un cuarto hermano que no quiso ir al paseo, Alejandro, de 11 años.
Tras romper la cabeza de la botella y extraer el papel con la ayuda de dos palitos chinos, todos supieron que su tesoro había viajado unas 2,709 millas desde Cabo Verde, un archipiélago frente a las costas de Senegal, África.
“Queremos saber si es posible ponerse en contacto por botella marina”, reza parte del texto que firmaron los españoles José María Casi Ferrer y José Antonio Mayo, fechado el 2 de agosto de 2008 a las 10:30 de la noche. Ambos viajaban hacia las Islas Canarias, en España, pero a su paso por Cabo Verde lanzaron la botella al agua.
El mensaje incluía un teléfono de contacto. “Papi pudo hablar con uno de ellos y al otro lo encontramos por internet. Me gustaría contarles que encontramos su botella”, comentó ayer Andrea, quien junto a sus hermanos y padres recibió a El Nuevo Día en la escuela Montessori del Sol, en Cupey, donde cursa el cuarto grado.
“Cuando encontramos la botella (el pasado 19 de abril) fuimos como piratas, porque estábamos en una isla y todo era bien antiguo. Ese mismo día, pero antes, también había encontrado una estrella de mar”, relató Sebastián.
“Yo me quedé en el bote y cuando vi la botella creí que era una broma, pero me quedé en ‘shock’ cuando vi que venía de Cabo Verde”, dijo Alejandro, quien dejó claro su interés de convertirse en físico, químico y astrónomo.
Mientras, Ricardo, quien comenzó su carrera universitaria en ingeniería eléctrica, apuntó que su intención es lanzar al mar un nuevo mensaje dentro de una botella para que otras personas experimenten lo mismo que él.
“Somos navegantes, marineros. Siempre estamos en el agua y con curiosidad”, fueron las palabras que utilizó el orgulloso padre para describir a sus cuatro hijos.
Desde la Madre Patria
Con evidente alegría, Casi Ferrer conversó con este diario vía telefónica desde la localidad coruñesa de Palmeira, en Galicia, España, sobre aquella noche en la que, junto a un colega, lanzó un mensaje en botella al océano.
“Después de la cena y como ya íbamos a tierra, se nos ocurrió echar un mensaje por saber si en realidad la botella llegaba y a dónde. Fue una botella de vino que nos tomamos. Estábamos en la popa del barco”, relató.
El marinero de 49 años no había perdido las esperanzas de que alguien recuperara su mensaje, pero admitió que “ya no pensaba en eso porque habían pasado meses”.
(imagen ilustrativa)
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