
Por Mario Halley Mora
Eduardo, el hijo mayor, se había casado un año antes, y quedó Rubí, la hermanita menor. Y cuando Eduardo se fue a trabajar a Curitiba, la casa no parecía tan vacía porque la juventud de Rubí y las cartas de Eduardo mantenían a flote la vieja alegría familiar.
Hasta que Rubí tuvo festejante: un joven estudiante de Ciencias Contables que al principio se detuvo cauteloso en las fronteras del zaguán. Y tres meses después había avanzado hasta la sala, de la cual Rubí, con infinita sabiduría femenina, desterró al televisor, el enemigo número uno de la charla,… y de los proyectos que surgen de las charlas.
Finalmente, el muchacho “pidió la casa”, colocándose voluntariamente en la cúspide del tobogán que lleva hasta el matrimonio. Y dos años después se casaron.
Y Rubí también se fue.
Y la casa, que fue casa de voces y de movimiento, de repente se convirtió en una casa de retratos silenciosos y sonrientes.
Pero la sonrisa de los retratos no cura la soledad de los viejos, sino la alimenta de nostalgias, porque son risas sin sonidos, alegrías fijas en la cartulina que no se traducen en pasos que corren presurosos a atender una llamada telefónica.
De repente la casa fue demasiado grande. El televisor volvió a la sala, pero para quedar mudo y ciego. El fantasma de la soledad caminaba por los cuartos arrastrando suaves zapatillas de felpa que producían una música de tristeza.
Mamá, como queriendo retener el tiempo, limpiaba todos los días el cuarto de Eduardo y el cuarto de Rubí. Los libros en orden, los banderines desempolvados, las copas-trofeo relucientes como recién ganadas, y la cama hecha como esperando que en cualquier momento él o ella vinieran a arrojarse como antes sobre la frescura sedante de las sábanas limpias.
La mesa del comedor resultó demasiado grande, pero no la cambiaron; ni quitaron las sillas sobrantes porque papá y mamá concebían obscuramente que la nostalgia era otro comensal más, y no era cortés quitarle el sitio.
El padre, que solía ir con Eduardo al fútbol, perdió las ganas y se convirtió en “hincha por radio”. Engordó y no le importaba, pensando que si ya no estaba Eduardo no había razón para mantener la línea y demostrarle que él era el papá también en la pulseada.
Los cabellos de mamá empezaron a ser grises y secos. Ya lo habían sido cuando Rubí era soltera, pero entonces iban juntas a la peluquería y Rubí volvía más rozagante y linda, y mamá menos madura y “conservada”.
Pero ya no estaba Rubí. Los números de las revistas que en un tiempo fueron la Biblia de mamá y de Rubí, murieron de viejos en estantes olvidados. Mamá también engordó, y murió su coquetería de esposa para ser reemplazada por la dejadez de la madre y el desgarbo de la suegra.
Papá ya no tuvo el hijo mozo con quien competir en virilidad, y mamá ya no tenía la hija sofisticada a quien imitar en juventud.
La casa vio a mamá andar en viejas zapatillas. Papá tiró por la borda el pudor de cuando estaba Rubí, y sustituyó el pijama por los calzoncillos como ropa de estar en casa.
Y sucedió una noche cualquiera. Papá y mamá estaban ya acostados. Hacía calor, pero por la ventana abierta entraba un rayo de luz de luna, como empujada por una brisa fresca. Los dedos de papá jugueteaban con los cabellos de mamá, haciendo y deshaciendo rulitos inacabables. Después, los dedos bajaron a revolver la pelusa suave de la nuca. Ella se encogió, riendo a medias, acusando la cosquilla.
Entonces, como desde el tiempo inmemorial de la primera noche, él la besó en el lóbulo de la oreja. Mamá se estremeció, riendo, y él la hizo girar, y la besó en la comisura de la boca, y en los párpados, y lanzó la mil veces repetida pregunta:
—¿Quieres…?
—No, viejo, estoy tan,… tan cansada.
Y giró de nuevo, le dio la espalda, y se durmió. Papá suspiró sin rebeldías, giró, le dio la espalda y se durmió.
Algo como una sombra enturbió la luz de la Luna. Algo como un suspiro agonizante entró por la ventana y desplazó el aire fresco. Sobre la sábana, aquel blanco mar de algodón por donde había navegado el barquito resplandeciente del amor, se produjo una arruga como una ola enorme, y el barquito naufragó sin pena ni gloria.
Desde entonces, en aquella casa fueron tres: mamá, papá… y la vejez.
